
Se acerca un nuevo año y, con él, esa mezcla de ilusión y presión que sentimos cuando revisamos lo que hemos logrado en el año que termina. A veces nos emociona ver lo que alcanzamos. Otras veces pesa lo que no pudimos cumplir. Y está bien. No somos máquinas que debemos cumplir con un nivel de productividad. Somos personas que avanzamos a nuestro propio ritmo.
Es fácil caer en la idea de que si una meta no se cumplió en 2025, significa que fallamos. Pero muchas veces no se trata de fracaso, sino de proceso. Las circunstancias cambian. Nosotros cambiamos. Lo que antes tenía sentido quizá hoy se ve distinto. Aun así, el deseo de mejorar permanece. Ahí está la señal de que vale la pena intentarlo otra vez.
Plantear metas nuevas, incluso cuando otras siguen incompletas, es un acto de confianza. Es decirle al futuro que seguimos aquí, con ganas de crecer. Y aunque suene simple, no lo es. Requiere honestidad para reconocer lo que no salió, paciencia para aceptar que el avance a veces es lento, y motivación para volver a empezar.
Para el próximo año, la invitación es esta: define metas que te inspiren, no que te aplasten. Pregúntate qué te mueve de verdad. Divide lo grande en pasos pequeños. Celebra cada avance, incluso los discretos. Y si llega un día en el que sientas que te detuviste, recuerda que parar no es renunciar. A veces es solo tomar aire.
No todo se logra en un ciclo de doce meses, y no pasa nada. Lo importante es la dirección, no la velocidad. Mientras mantengas la mirada en lo que te importa, seguirás avanzando. Y esa constancia, más que cualquier lista perfecta, es lo que de verdad transforma. Que el próximo año llegue con metas nuevas, con metas retomadas y, sobre todo, con la seguridad de que sigues construyendo algo valioso y sobre todo, que está despertando tu ser.

Deja un comentario