
A veces la vida se vuelve pesada.
No es sólo el cansancio físico, sino ese peso invisible que aprieta el pecho y adormece el alma.
Hay días en los que simplemente no queremos continuar.
La tristeza, las pérdidas, el dolor… parecen habernos desconectado de nosotros mismos.
Y sentimos que algo dentro se ha apagado.
Pero en medio de ese vacío, algo aún respira.
Una chispa.
Una voz tenue, a veces apenas un susurro.
Esa voz que dice: sigue.
Un paso más.
No te detengas aquí.
Esa voz eres tú.
No la parte herida, sino la parte sabia, eterna, luminosa.
Esa parte que sabe que todo pasará, que cada noche oscura contiene la promesa de un amanecer.
Que el dolor no es el final del camino, sino parte del proceso de transformación.
No te quedes en el dolor.
No lo ignores, sí, abrázalo, escúchalo, pero no te instales en él.
Permítete sentir, llorar, soltar… y luego, levántate.
Aunque sea despacio. Aunque sea temblando.
Porque cada vez que eliges avanzar, aún con el alma rota, estás volviendo a ti.
Estás despertando.
Estás sanando.
Sigue caminando. La vida no ha terminado contigo. Aún hay belleza por ver, aún hay propósito por descubrir, aún hay amor por sentir, solo debes despertar tu ser.

Deja un comentario