
Hay momentos en la vida en que dejamos de buscar y, sin embargo, encontramos. A eso se le llama serendipia: al hallazgo afortunado e inesperado de algo valioso que no se estabamos buscando. Es cuando, sin proponértelo, encuentras justo lo que necesitas o algo mejor de lo que imaginas.
Cuántas veces creemos que todo está perdido, que nuestros esfuerzos son en vano, y de pronto… una llamada, una idea, una persona, una señal. La vida, misteriosa y perfecta, nos recompensa con regalos ocultos tras aparentes casualidades. Pero nada es casual. Todo tiene una razón de ser, aunque no la veamos aún.
La serendipia ocurre cuando soltamos el control, cuando fluimos, cuando caminamos con fe, incluso sin mapa. Es el encuentro mágico entre lo que somos y lo que la vida nos tiene reservado.
Para alcanzar nuestro propósito más profundo, es esencial creer que esos encuentros mágicos sucederán. No por azar, sino porque el universo, Dios o la vida —como cada quien lo llame— conspira a favor de quienes caminan con intención y con amor. Esa fe nos alinea no solo con nuestro bien, sino con el bien de los demás. Cada hallazgo es una pieza del gran rompecabezas colectivo.
¿Estás dispuesto a recibir sin exigir? ¿A creer sin ver? ¿A confiar sin entender?
Porque ahí, justo ahí, es donde ocurre la magia, el momento en el que nuestro ser despierta.
Permítete fluir. No te aferres a los planes rígidos. Observa, escucha, siente. Puede que lo que hoy parece un desvío, sea la puerta a tu destino.

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